El empresario malvado

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¿Alguien podría decir que admira e idolatra a los empresarios? Difícil. Ya se instaló la imagen del empresario malo, y esto es precisamente lo que pretendo cambiar.

La Sofofa está en el centro de la noticia. La investigación acerca de los micrófonos escondidos está llenando titulares, mientras se discute si todo es un -tongo- o realmente el núcleo empresarial más relevante de Chile estaba siendo espiado.

Sin embargo, los empresarios tienden a estar siempre en el eje de la noticia, especialmente por su actuar, el que en los últimos años puede ser bastante cuestionable.

Al parecer, las palabras confianza y empresarios son difíciles de incluir en la misma frase.

Por lo mismo, ya lo dijo Alfredo Moreno, recién asumido Presidente de la CPC, cuando planteó en El Mercurio que “las empresas tienen que cambiar su cultura para recuperar la confianza de las personas”.

Pero el tema de fondo es un poco más complejo, y apunta directamente al imaginario que tiene la ciudadanía acerca de los empresarios. Muchas veces, de entrada y sin argumentos, los empresarios son considerados sujetos malignos, manipuladores de los precios y deseosos de explotar a los consumidores, exprimiéndolos hasta más no poder.

Pero esto no es así, y te explicaré por qué.

Una visión que es bastante recurrente en la población es que los precios en la economía no tienen nada que ver con la oferta y la demanda del mercado, sino con la avaricia y la especulación de los malvados empresarios que, en su búsqueda de sus ganancias desmedidas, se aprovechan de todos nosotros.

El problema con esta idea es que es completamente errónea.

No vamos a ahondar aquí en la verdadera teoría de los precios o en las causas siempre monetarias de la inflación. Sin embargo, sí es importante mencionar que esta mirada negativa acerca del empresariado no es aislada, sino que está enmarcada en una concepción mucho más amplia acerca del rol de los empresarios en una sociedad capitalista.

Es que para el político populista, que busca enfrentar al conjunto para perpetuarse en el poder, la ganancia de uno es la pérdida de otro (un juego de suma cero), y si el empresario se hace más rico, quiere decir que alguien se está haciendo más pobre.

Este razonamiento desconoce la naturaleza de los intercambios voluntarios.

Cuando una persona compra un café, valora más el café que los pesos que otorga a cambio. Esto es básico en economía. De lo contrario, no compraría el café y guardaría el dinero. Por el otro lado, quien vende ese producto, valora más el dinero que recibe que el café que entrega. Sino, se quedaría con el café.

La transacción genera beneficios para ambas partes. En ella, todos ganan, no solo el empresario, y mucho menos, a costa del consumidor.

Por otro lado, la búsqueda de ganancias nos afecta a todos.

¿O es que acaso cuando vas a trabajar todos los días no buscas recibir algo a cambio? No importa si lo que buscamos es material o espiritual, el punto es que siempre actuamos esperando como contraprestación un beneficio personal.

Además, las ganancias de los empresarios son absolutamente deseables para la sociedad y me animo a decir que cuanto más grandes sean éstas, ¡mejor aún!

¿Por qué?

Cuando las ganancias se derivan de los intercambios voluntarios entre las personas, estas simplemente están indicando que el empresario está haciendo un buen trabajo, y está produciendo el bien o servicio que le piden los consumidores.

O sea, está satisfaciendo una necesidad.

Otra consecuencia positiva de las ganancias empresariales es que fomentan la innovación y la producción.

Si José (o Pedro), se dedica a una actividad que genera enormes beneficios económicos, entonces lo más probable es que su vecino Juan (o Carlos), decida ingresar en el mercado, fabricando más y mejores productos.

Como se puede observar, no existe ningún tipo de abuso en la relación empresario-cliente, sino una increíble coincidencia y armonía de intereses.

Ahora bien, antes de concluir, una reflexión final.

Esta armonía de intereses depende necesariamente del marco institucional. En un mercado libre, las ganancias de los productores son las ganancias de los consumidores. Pero en una economía hiperregulada esto puede no darse.

Ya Adam Smith se preocupaba por la conspiración que los empresarios podían elucubrar contra los consumidores y el público en general. Pero hay que destacar que esta conspiración no lograría sus objetivos si el gobierno no interviniese.

Un ejemplo es suficiente para entender este punto: Un obstáculo a las importaciones beneficia a los productores locales sin que este beneficio sea compartido por el público consumidor. De hecho, el cierre de la economía es bueno para los primeros (que compiten menos) y malo para los segundos (quienes tienen menos para elegir y pagarán precios más elevados).

Pero estos arreglos no son propios del sistema capitalista, como se puede experimentar en nuestra economía, una de las más abiertas e interrelacionadas con el mundo. En él, lo que prevalecen son los acuerdos voluntarios de los que hablábamos al principio (productores y consumidores).

Así son las cosas, no es el capitalismo y los empresarios que en él operan lo que tenemos que combatir, sino las falsas ideas y mitos populistas, que lo único que consiguen es horadar, e incluso destruir, las bases del sistema económico, filosófico y social que más prosperidad ha creado en la historia de la humanidad.

Un abrazo,

Carlos Montoya

Para El Inversor Diario

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Acerca del Autor

Carlos Montoya

Los mercados financieros pueden llegar a ser demasiado complejos de entender para los lectores que no están familiarizados con su lenguaje y tecnicismos. Por ello, Carlos Montoya, Editor de Inversor Global Chile, te explicará en un lenguaje simple y práctico la actualidad económica y financiera nacional e internacional.

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